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Por Ernesto Pérez
ROMA, 6 (ANSA)- Un extraordinario Via Crucis, obra del joven
pintor tarentino Roberto Ferri, que sabe unir la gran tradición
figurativa italiana con un lenguaje entre arcaico y moderno, se
expone durante un mes en el palacio de las Exposiciones de Roma
antes de ser llevado a la restaurada catedral barroca de Noto
(Sicilia) para la que fue creado. La catedral de Noto, joya del barroco siciliano y desde hace
10 años Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco, fue
una de las víctimas más ilustres del terremoto que sacudió la
isla el 13 de marzo de 1996 que le causó el derrumbe del techo y
de la cúpula. La pérdida irreparable de ese tesoro artístico ha sido
mitigado en parte con la decisión de restaurar y salvaguardar el
edificio y la de convocar a artistas contemporáneos, dentro y
fuera de Italia, para que crearan obras que reemplazaran las
perdidas en el sismo. Uno de los artistas llamados a contribuir al renacimiento de
la catedral es Roberto Ferri, nacido en Tarento, en el profundo
sur de la península, en 1978 y que a los 21 años se trasladó a
Roma para seguir los cursos de escenografía de la Academia de
Bellas Artes de Roma, donde egresó con el máximo del puntaje en
el 2006. Pero su saber y su estilo no provienen de la Academia sino de
los museos donde, como autodidacta, fue fulgurado por el arte
antiguo, especialmente de Caravaggio, aún hoy evidente en la
potente musculatura de los cuerpos, y luego del romanticismo
francés (Ingres, Géricault, Bouguereau) que se expresa en sus
cuadros a través de la luz y la perfección de los detalles. Su arte no es una imitación pedestre de los grandes maestros
del pasado sino una reinvención de un lenguaje que se contamina
con un onirismo surrealista capaz de descubrir los horrores más
recónditos del alma humana en su constante e impar lucha entre
el bien y el mal. La serie de las 14 estaciones del Via Crucis difiere de la
obra de Ferri, tanto por el reducido tamaño de las obras (70x70
cm) como por la renuncia a referencias escatólogicas,
limitándose a presentar el suplicio de Jesús, visto aquí con la
misma extraordinaria belleza que el artista da a sus criaturas,
sean hombres o mujeres, evocados en el fulgor de la propia
apostura y juventud. Son oleos sobre tela que conmueven a los fieles por la
concentración en el martirio del Mesías, que aparte de las
figuras de un flagelador, la Virgen María, la Verónica, María
Magdalena y el Cireneo, dejan solo a Cristo con sus sufrimientos
que se concluyen con la tocante imagen del Salvador envuelto en
su sudario. La exposición incluye también obras más recientes del pintor
en los grandes formatos que más se adecuan a su arte (2x2, 2x3 o
1,5x1,2 m) con temas que van de los ángeles caídos al paraíso
perdido, la muerte y su corrupción y una estrepitosa visión de
los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, donde se entreveran cuerpos
jóvenes y ancianos y caballos encabritados, cuyos hocicos
despiden nubes de insectos más o menos repugnantes. Notables también un Lucifer en Angel caído sentado en una
roca que simboliza el mundo en el que está destinado a reinar y
un Requiem, torbellino de mujeres desnudas que acompañan a la
tumba a un hermoso doncel en cuya pierna se insinúa una
cucaracha a medio entrar, símbolo elocuente de la corrupción de
la materia. "Mi arte no es una imitación de la pintura antigua sino el
resultado de la fulguración que me causaron los grandes maestros
que descubrí en los museos de Roma -declaró a ANSA el artista- y
que indagando en mí mismo me hicieron buscar la verdad en la
parte metafísica del arte". Ferri es ya una de las más fuertes personalidades de la
pintura italiana, habiendo expuesto en las principales galerías
y museos de medio mundo y vendido sus obras a México, New York,
Boston y Miami y Dublín, Madrid, Barcelona y Milán. La exposición, compuesta por 24 óleos y 12 dibujos, estará
abierta desde hoy hasta el próximo 2 de junio.
PN-MI/MRZ
06/05/2013 16:07
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